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Hoy es 8 de abril del 2004.

Hace 4 días que llegue a Barcelona después de haber hecho el camino
Francés, de Roncesvalles a Santiago.

Aún estoy con el bajón, agotada, “tocada”,… desubicada.

Hace un momento estaba leyendo los diarios y comentarios  de otros peregrinos y me he animado a escribir unas líneas sobre mi experiencia:

“Un viaje interior y un espejo en el que me he visto reflejada”.

Durante los 10 primeros días, toda mi atención estaba puesta inevitablemente en lo físico, en mis pies. El primer día de camino y por estar Roncesvalles completamente nevado, tuvimos que hacer el recorrido hasta Larrasoaña por carretera, es decir, andando por  asfalto. Al llegar al albergue me dolían tanto mis pies que creía que a la mañana siguiente volvía a casa, no pensé que mi cuerpo pudiera sobreponerse. Durante más de una semana  y hasta que ampollas, tiritas, gasas, algodones, compits no se colocaban bien, andaba (es un decir) durante las dos primeras horas, lentamente y con ayuda logística y moral, o sea, con mi compañero de camino al lado ayudándome. Poco a poco me di cuenta de la capacidad que tiene el cuerpo de reponerse y que cuando los pies están calientes hasta te acostumbras a las incomodidades de tenerlos encerrados en las botas.  También comprobé lo importante que es respetarse el propio ritmo, sino… no llegas.

Curiosamente el camino me iba situando de manera que pudiera recorrerlo, y así como los primeros días requería de mi atención en lo físico, una vez superadas las incomodidades de los pies, dedos, empeines y demás ya pude dedicarme a lo mental: imprescindible para afrontar el páramo, “la nada”… el camino perdiéndose en el horizonte sin más compañía que los campos áridos, la mochila, tu sombra y los pies andando uno detrás de otro.

O tienes la cabeza “muy bien amueblada” o lo pasas mal.

Después, cuando cuerpo y mente ya estuvieron a la par, el paisaje me brindo la oportunidad de ir haciendo repaso de lo vivido, de lo aprendido y no es que pensara  en ello, sino que iban apareciendo recuerdos desde Roncesvalles hasta ese momento.

Y así entre bosques de castaños y eucaliptos, entre prados y vacas fui recomponiendo el puzzle de mi viaje, de mi camino.

De mi experiencia rescato el hecho de que al estar tantas y tantas horas andando sin otro quehacer que andar y andar y seguir andando, sin otra compañía que tu mismo , sin nada de lo habitual que te distraiga: familia, amigos, trabajo, el bullicio de la propia ciudad… cualquier cosa que aparece, ya sea un recuerdo, un pensamiento, una sensación o un acto, se ve aumentada como con una lupa, aunque solo sea el hecho de  dejarse sentir lo que te rodea, la naturaleza en todo su esplendor.

Si estas atenta, la percepción se abre y poco a poco te vas sintiendo mucho más receptiva, frágil… sensible.

A lo largo del camino pase por momentos de crisis, también viví momentos de mucha paz  y bienestar… con una frase resonando en mi mente:

“ Todo esta bien, todo es como ha de ser”

En mi caso, y por lo anteriormente escrito, me di de bruces con mi dureza, con mi intransigencia, con mi vulnerabilidad, con mi fragilidad, con lo mal que llevo el sentirme obligada a relacionarme, con lo que me cuesta estar “muy metida dentro” y tener que “salir”  para estar con otras personas. También rescate mi fuerza, mi sentir, mi conciencia…

El camino ha sido precioso, interesante, duro... muy duro, tanto físicamente como personalmente. Baje a mis infiernos, vi mis demonios lo peor de todo es que no estaba sola, y salpique;  duro porque no supe  ubicarme con el resto de las personas, situarme con mi compañero de camino y sin embargo decir que el Camino  es una experiencia difícil de comparar con nada, no tiene nada que ver con el viajar, con hacer trabajos de autoconocimiento o de  meditación.  Que solo el hecho de andar día tras día, hora tras hora te abre a nuevas experiencias. La percepción del tiempo se distorsiona, es otra, todo es mas lento, las distancias toman otra dimensión, la naturaleza te envuelve y te hace sentir que eres parte de ella, te hace sentir  que la vida que nos vive  es la misma para todo y para todos. El camino invita a la contemplación, a la meditación, al compañerismo, al autoconocimiento.  Poniendo un poco de atención te ves reflejado en los actos, en las palabras, en los silencios.

Llegue  a Santiago… abrace al Santo, pedí perdón a mis compañeros de camino, intenté perdonarme a mi misma. Me di cuenta que nada de él, del camino, había sido gratuito, que cada una de las personas con las que me relacioné tenían un sentido, formaban parte del tablero de ajedrez de mi vida y me habían “ayudado” a conocerme y verme un poco más. Fue emocionante y entrañable una vez en Santiago poder abrazarlos y compartir lágrimas sin tener que poner demasiadas palabras.

Gracias a todos ellos.

Antes de salir para el Camino y durante él, me preguntaba una y otra vez porque hacia el camino.

Cuando por fin llegué a Santiago me di cuenta que lo importante no era abrazar al Santo o visitar la  cripta, que si al llegar hubiera tenido que lavarme las manos y los pies es un estanque, o poner manteca en una diosa de seis brazos, también lo hubiera hecho.

La razón y el motivo del camino era el propio camino.

Y así descubrí que en mi caso,  el camino era un reflejo de la vida, de mi vida. Con sus infiernos y sus cielos, con sus ángeles y sus demonios. Que lo que da sentido a la vida no es la muerte, sino la propia vida, como que lo que da sentido al camino no es Santiago, sino el propio camino.

Así es como lo viví yo.

Tat

P.D. Al poco de salir de Roncesvalles un amigo me envió este mensaje al móvil:

“Que un ángel salga a tu encuentro y te acompañe”

Le conteste:

“Creo que el ángel lo tengo al lado”.

Aún no sabia que tan cierta era esa afirmación.

Gracias Alfonso por curarme las ampollas, por ofrecerme tu brazo para que me apoyara, por darme la mano cada vez que lo necesité.

Por tus palabras cuando mis ánimos decaían, por tus chistes cuando mis fuerzas flaqueaban, por tus abrazos cuando lloraba.

Gracias por tu paciencia, por tu tolerancia y tu respeto.

Gracias por cuidarme como lo has hecho.

Gracias por tu amor.